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Adrice Asesores
Hoy es

PATRICIA HIGHSMITH

Patricia Highsmith, sacerdotisa del mal.
 
Entre sus pensamientos siempre estuvo el asesinato. Fue su obsesión. "Las obsesiones son lo único que importa -escribió-. Lo que más me interesa es la perversión, que es el mal que me guía". Anagrama emprende la publicación de las obras completas de la misteriosa creadora de Tom Ripley, que dejó, a su muerte, 38 volúmenes entre novelas, cuentos y ensayos y más de 18.000 páginas de diarios y cuadernos.
 
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Patricia Highsmith (1921-1995) escribía seis, ocho páginas diarias y era capaz de estar en varias cosas a la vez: una novela, un cuento, un ensayo. Si le preguntaban por qué escribía, contestaba siempre lo mismo: "Como todos los artistas: por salud". Malhablada, narcisista, alcohólica, misántropa, latía en el interior de la autora de El talento de Mr. Ripley una especie de temor hacia ella misma, y habría acabado mal de no ser por la escritura. "Sentía lástima por Pat -contó una de sus amantes-. Estaba apartada del amor en su forma más sencilla: el amor a sus padres".
Hay quien ha situado ahí, en ese extravagante contexto familiar, el origen de su desequilibrio con el mundo. A nivel afectivo fue un ser defectuoso. Nació en Fort Worth, Tejas, en 1921. Su padre murió y con su madre tuvo siempre una relación, por decirlo de algún modo, compleja. Un amour fusionnel, que dirían los franceses: ninguna de las dos distinguía muy bien entre ella misma y la otra. Mary, la madre, sureña tempestuosa, disfrutaba diciéndole a Patricia que ya en vida era una escritora olvidada en América. Pat le respondía en estos términos: "vegetal inerte", "tubo inservible", "cloaca que devora dinero y expulsa mierda". La tensión era tal que ambas solían recurrir a sedantes para poder permanecer juntas, y en paz, en la misma habitación. De otro modo acababan a gritos, se amenazaban con todo tipo de objetos domésticos, y eso cuando no terminaban directamente a golpes. "Fue la experiencia más profunda de amor que tuvieron ambas", escribe Joan Schenkar en su inquietante libro -editado en España por Circe- sobre la autora de Las dos caras de enero. Esa biografía, por cierto, dio un resultado sorprendente: no cambió en nada los apriorismos de la biógrafa. Schenkar buscó a la mujer que parecía albergar todos los males de la sociedad americana del siglo XX, y eso fue exactamente lo que encontró.
Nunca la literatura de Highsmith escapó de su realidad. En cada obra, un ejemplo. Mary, la madre, es su auténtica pesadilla y encarna a la mujer fatal de cada una de sus novelas. Los asesinos de sus ficciones se alojan donde ella ha vivido, sola o con sus amantes. Todos los personajes se mueven por calles que ella conoce bien, compran en tiendas de su barrio, o del barrio de su residencia de vacaciones, y van a sus locales de confianza. Todo era utilizado por la novelista Highsmith, que trabajaba -como ella dijo alguna vez- "a una idea por minuto". "Tengo ideas con tanta frecuencia como las ratas tienen orgasmos", le dijo, en una ocasión, a una de sus editoras. También sus lecturas se colaban entre su material narrativo. Proust -lo entendía lo justo para poder citarlo bien, dice su biógrafa-; Dostoievski -le fascinaba su pelea con el cristianismo-; Kafka; Henry James; Auden; Keats; Gide; Wilde. Por la noche, a menudo, se entretenía repasando el diccionario.

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