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MILAN KUNDERA

DESPUÉS DE MÁS DE CINCO AÑOS DE SILENCIO LITERARIO, MILAN KUNDERA VUELVE CON "LA FIESTA DE LA INSIGNIFICANCIA", TRADUCIDA POR BEATRIZ MOURA Y PUBLICADA POR TUSQUETS.
 
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Después de cinco años de silencio -desde el ensayo Un encuentro (2009)- y 14 sin escribir ficción -desde La ignorancia (2000)-, Milan Kundera (Brno, 1929) regresa a la novela con La fiesta de la insignificancia, que Tusquets publica en España el 2 de septiembre. Beatriz de Moura, fundadora de la editorial y su directora desde 1969 hasta el pasado julio, ha sido la traductora del manuscrito francés -idioma de escritura habitual del checo, que reside en París desde 1975- que llegó "inesperadamente" a su mesa a principios de año.
"Después de ver su obra completa encumbrada a los más altos honores académicos tras entrar en la mítica colección La Pléiade de la editorial Gallimard, no me ha extrañado que Kundera se saliera por peteneras a sus 85 años con un libro que no por breve rebosa menos de ideas iluminadas por un inteligentísimo sentido del humor", confiesa la editora en una carta abierta a los lectores.
La fiesta de la insignificancia es, en efecto, una desenfadada oda a lo mucho que nuestra existencia tiene de intrascendente, y el comienzo del libro constituye una inmediata declaración de intenciones: "Era el mes de junio, el sol asomaba entre las nubes y Alain pasaba lentamente por una calle de París. Observaba a las jovencitas que, todas ellas, enseñaban el ombligo entre el borde del pantalón de cintura baja y la camiseta muy corta. Estaba arrobado; arrobado e incluso trastornado: como si el poder de seducción de las jovencitas ya no se concentrara en sus muslos, ni en sus nalgas, ni en sus pechos, sino en ese hoyito redondo situado en mitad de su cuerpo".
Como en toda la obra de Kundera, narrativa y filosofía se funden en La fiesta de la insignificancia, donde cada pequeño acontecimiento, cada nimio gesto inspira una reflexión siempre lejos del lugar común. En el caso de Alain, la moda del ombligo le incita a reflexionar sobre las distintas fuentes de seducción femenina y cómo estas definen la orientación erótica de una época.
En pos del infinito buen humor
Más que capítulos, el libro se compone de breves escenas -en algunos casos, de media página- entrecruzadas, protagonizadas por cinco personas que comparten distintos grados de amistad. Kundera nos muestra la obsesión de Alain por la nueva carga erótica del ombligo femenino -desde que empezó el siglo XXI, calcula-, un misterio conectado con el trauma de haber sido abandonado por su madre cuando era un niño; las nacionalidades e idiomas falsos que inventa Calibán cuando acompaña como camarero a su amigo Charles, que tiene una empresa de catering y sueña con escribir una obra para el teatro de marionetas que concluya con la aparición de un ángel; el falso cáncer de D'Ardelo, una mentira gratuita e improvisada que le levanta el ánimo; y la desesperada búsqueda de Ramón en pos del hegeliano "infinito buen humor".
"Comprendimos desde hace mucho -escribe Kundera, habla Ramón- que ya no era posible subvertir el mundo, ni remodelarlo, ni detener su pobre huida hacia delante. Sólo había una resistencia posible: no tomarlo en serio. [...] Sólo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres, y reírte de ella".
A propósito de esta reivindicación del sentido del humor, vuelve a aparecer en la novela uno de los temas recurrentes de Kundera: la dictadura soviética. Como en su primera novela, La broma (1967, un año antes de que sus libros fueran prohibidos en su país tras la invasión soviética), Kundera utiliza la sátira para criticar al estalinismo. En esta ocasión, inventa una serie de anécdotas de las altas esferas del gobierno como alegoría de la muerte de la broma en un régimen totalitario. Un ejemplo: durante una reunión con sus altos mandos, Stalin asegura haber matado 24 perdices de 24 disparos. Ante semejante embuste (¿o era una broma?), sus camaradas solo osan sublevarse en su ausencia, aullando de indignación en el baño mientras el dictador se parte de risa pegando la oreja al otro lado de la puerta.

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