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PREMIO CERVANTES

Poniatowska viste a Cervantes de indígena
 
Elena Poniatowska 001
 
Suena la máquina de escribir. Redacta su discurso. Cada pulsación es una voz nueva, que se asoma desde la calle y se cuela entre las hojas que escribe Elena Poniatowska, a la que llaman "princesa roja" por su interés y compromiso con los menos favorecidos. Ella no es de estos. Es una señora burguesa, a la que no le falta de nada. Y por la misma razón podría haberse llevado otro apelativo, uno que hiciera referencia a su buen oído para traducir el cantar de los sin voz. Un ejercicio que la escritora respetó sin pulir, ni corregir, sin traducir ni endulzar.
Mañana recogerá su Premio Cervantes acompañada por los miles de mejicanos que se ha cruzado en sus reportajes y en sus novelas, a los que ha escuchado y considerado. Héroes sin apellidos, que brotarán en las palabras de su discurso y hasta en sus andares. Subirá al púlpito engalanada de un llamativo vestido rojo y amarillo, que le regalaron las mujeres indígenas de Juchitán (Oaxaca). Sólo dejará en casa las flores naranjas y encarnadas con las que tocaba su cabello en las otras ocasiones que lo ha vestido para recoger premios como el Rómulo Gallegos, en el año 2007.
Su presencia hará que la palabra vibrante, la lengua de las plazas, tome la camarilla académica. Y lo hará con el periodismo por delante. Dice que nunca se ha sentido realmente novelista ni cuentista, que su cómplice es el oficio de las noticias y las crónicas. La información antes que la inspiración. Así que se subirá a la tribuna, con sus colores, reclamando un lugar para México y sus mujeres. Un lugar para el fondo de sus textos.

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