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La escritora Cristina Fallarás presenta Honrarás a tu padre y a tu madre, en la que indaga íntimamente sobre la memoria histórica a partir su propia experiencia personal

Cristina Fallarás (Zaragoza, 1968) indaga en su nueva novela, Honrarás a tu padre y a tu madre (Anagrama), sobre la memoria
 
Hurga, explora y ficciona. Escribe. "Me llamo Cristina -narra en su primera línea- y he salido a buscar a mis muertos"
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Su historia es la historia de alguien que sale a andar. "Uno planea una ruta, planea un camino, planea una excursión o una huida, pero echarse a andar sucede", continúa más adelante. A un lado y otro del papel, Fallarás también camina. Literalmente.
"A mitad de la escritura de la novela -explica con el mismo tono de voz con que contesta al resto de preguntas- apareció mi abuelo Félix fusilado contra la tapia del cementerio de Torrero en diciembre de 1936". Lo descubrió en un libro de Julián Casanova. "Aquello cambió todo. Después paseé por los lugares donde sucedieron las cosas". Por Zaragoza, Elizondo, San Sebastián, Francia y México. "Dejé que hablaran los lugares". Y hablaron. Honrarás a tu padre y a tu madre es la historia de aquel paseo, de aquella vuelta hacia atrás, de aquel recuerdo, transformado en memoria propia y ajena que, como un miembro fantasma, sigue doliendo en alguna parte.
Pregunta.- En Honrarás a tu padre y a tu madre se vuelca en el pasado de su propia familia, en los silencios, las cosas que se callaron, ¿es su libro más personal?
Respuesta.- Es el libro más íntimo, más impúdico quizás. Cuando escribí A la puta calle era una crónica de mi empobrecimiento, desde que me despidieron hasta el desahucio, y era muy personal también. Pero Honrarás a tu padre y a tu madre, al tocar lo íntimo, es quizás un poco más impúdica.
P.- ¿Por qué eligió un título así?
R.- Creo que el silencio que se posó sobre las familias durante el franquismo es un silencio católico. Creo que todo el franquismo es católico. Entonces me sorprendía mucho cómo la iglesia a la vez que defendía el mandamiento de honrarás a tu padre y a tu madre sometía a la deshonra a cientos de miles de padres y madres.
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P.- Se podría definir como la historia de alguien que echa andar y... ¿hasta dónde llega? ¿Encontró lo que buscaba cuando empezó a escribirla?
R.- La novela empieza diciendo "salgo a buscar a mis muertos". Y vaya si los encontré. Era eso lo que quería. Quería romper el silencio impuesto. Tenía un abuelo fusilado del que no se me había hablado y eso impregnaba todas las relaciones familiares. No solo familiares también las relaciones sociales y políticas en España. Es decir, el silencio que no hemos roto nos construye como sociedad y construye nuestros modos políticos. Sencillamente traté de narrarlo para que mis hijos no heredaran aquello.
P.- Hábleme de ese silencio del que escribe en su novela, tan denso, que "contagia y fermenta", ¿tiene algo positivo?
R.- Jamás. Pero ningún ámbito del silencio. Somos palabras. Somos relato. El silencio nos hurta una parte de lo que somos y pudre a la sociedad. No en vano, somos una sociedad en descomposición. De repente aparecen temas como el Valle de los caídos, las fosas donde yacen 150.000 restos reconocidos a los que no se ha dado sepultura como debe ser y eso es por el silencio. Porque después de terminar la dictadura no rompimos con él. Y han vuelto a pasar cuarenta años más. Ahí me corresponsabilizo.
P.- ¿Lo hace?
R.- Yo viví la transición y he tenido que llegar a tener 50 años para hablar de estas cosas. Quiero decir que mientras creíamos tener una vida, donde la economía iba estupendamente y un trabajo que nos permitía un tipo de vida, no se nos ocurrió hablar de esto. Cuando creíamos que la transición era pop y destape no pensamos que había cientos de miles, incluso millones de familias profundamente doloridas a las que no estábamos atendiendo. A base de ese pop y ese destape nos olvidamos de solucionar la dictadura.
P.- ¿Nuestra existencia es memoria como escribe?
R.- Por supuesto, estamos construidos sobre la memoria. Aquello que te han contado que hizo tu abuelo o la gente con la que creciste te determina y determina la forma con la que te enfrentas a ti misma. Si alaban a tus antepasados, tú te ves obligada a seguir esa senda. Si los cubren de vergüenza, creces con vergüenza. Somos memoria, no somos otra cosa. Memoria y deseo. Pero el deseo es deseo de lo que todavía no somos y la memoria es lo que ya somos.
P.- En un momento de Honrarás a tu padre y a tu madre, plantea cómo sería la construcción de nuestra desmemoria, con qué piezas montaríamos los recuerdos que nos quitaron, ¿ha encontrado ya la respuesta?
R.- Sí, dejando que las cosas y la memoria hablen. La memoria, por supuesto, es ficción también. Recordar algo no significa que ese algo sea real ni que sucediera de esa manera. Sin embargo, creo que necesitamos relatar aquello de lo que no tenemos memoria. En mi caso hablo de un hombre asesinado. Y lo que hacemos es salir a buscarlo y con lo que encontramos construimos un relato, que tampoco es real pero seguimos construyendo sobre eso.
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P.- ¿Lo importante al final es ese relato entonces? ¿Lo que nos contamos de nosotros mismos?
R.- Efectivamente. Lo es todo. Por eso mi insistencia de que los silencios nos hurtan algo de nosotros mismos. No puedes comprenderte si te callan. Eso genera una herida. Una herida personal e íntima pero además una herida social tremenda en España. No hay ningún otro país donde una dictadura no se haya saldado con un juicio a los criminales. No hay ningún otro país donde un torturador ande por la calle haciendo footing mientras los asesinados siguen en las cunetas. No hay nada comparable a eso en el mundo. Es repugnante. Y todos hemos colaborado con ello. La prueba es que sigue así. Toda la infamia se construye a partir de la Ley de Amnistía de 1977 que impide juzgar incluso los crímenes de lesa humanidad, que por los acuerdos internacionales jamás prescriben. Nuestra idea de la justicia está dañada, porque no se ha hecho justicia. Es imprescindible que el que mata, roba o tortura, pague por ello. Si pactamos para que no, nuestra idea de todo eso es fallida. No tenemos una idea justa de lo que es el castigo.
P.- Y en este sentido, ¿considera que hay dolor, reproche o búsqueda en su novela?
R.- No hay mucho reproche. No hay ajuste de cuentas, ni venganza. Creo que es mi novela más dulce, de hecho. Lo cual es sorprendente. Hay relato y hay una construcción profundamente íntima. Es una novela que tuvo como dos fases. Hasta que no la publiqué no me di cuenta de que no la había escrito para publicarse. Me conmocionó más esto que su escritura. Creí que el acto de escribir era sanador y en realidad lo que ha resultado catártico ha sido su publicación.
P.- De su escritura, de hecho, se desprende un gran acto de honestidad, ¿resultó fácil abordar el texto así?
R.- Es más difícil ser deshonesto porque a la larga es un ataque contra ti mismo, te boicotea. Es como el acto del #MeToo feminista. Hay una manera de enfrentarse a la violencia machista que es limitarse a decir: "Estoy en contra". Hasta Cospedal está en contra de eso. Otra cosa es decir: "A mí también me han violado". Ese tránsito de lo abstracto a lo íntimo, a lo testimonial, modifica la manera de relatarnos. Y eso es lo que he querido hacer con este libro. Yo también soy partícipe de la memoria histórica porque considero que es imprescindible participar en ello. De la misma manera en la que has que no hemos sacado a la violencia machista de lo abstracto, no ha sido un revulsivo y gracias a eso, ahora ha cambiado de golpe.
Es entonces cuando la conversación con Cristina Fallarás da un quiebro casi necesario. "Por fin el feminismo es un movimiento político y se ve como un movimiento y no una cosita de chicas o una cosita social -explica-. Gracias a las redes sociales hemos conseguido hacer algo que nos habían impedido los medios de comunicación tradicionales. Convertirlo en un movimiento internacional y solidario. Un movimiento que crea mecanismos de identificación donde la estanquera de Vallecas tiene que ver con la actriz de Hollywood. Y se reconocen la una a la otra. Eso políticamente es extraordinario".
"¿Crees que es la primera vez que nos violan o que le tocan una teta a una actriz -continúa-, que a una periodista le obligan a mirar como su jefe de redacción se masturba, que un político se lleva a una periodista a la cama...? Eso es habitual. Pero ya era habitual antes de que apareciera el #MeToo. Ningún medio de comunicación quería contarlo. Entonces aparecen las redes sociales y ya no necesitamos los medios de comunicación tradicionales. Ahora lo podemos contar sin pedir permiso".
P.- En este contexto, ¿echa en falta más voces literarias y más protagonistas femeninas?
R.- Hacen falta más escritoras, más editoras, más mujeres premiadas, más mujeres en jurados y más mujeres en la Academia. Lo de la Academia de la Lengua es una vergüenza, porque se supone que es la que marca el paso de la lengua. Entre los premios nacionales, si repasas el nacional de narrativa, el nacional de poesía, el nacional de ensayo, el Cervantes, faltan mujeres. Escribí un artículo sobre esto. Que de cuarenta hombres había tres mujeres; de cincuenta, dos. No ha habido premiadas, y eso se relaciona con la falta de excelencia de la mujer y así se deja de nuevo en herencia que no tiene la capacidad ni la calidad necesarias para ser premiada. O incluso para ser la que premia. Tampoco hay mujeres en los jurados. Y eso es una barbaridad. Hay colecciones enteras de poesía donde no hay ninguna mujer y en España hace tantos años, y tantas décadas, que la mujer escribe... No sé... Si hubiera más mujeres que escriben, habría más personajes femeninos. Si hubiera más mujeres reconocidas y publicadas, habría más personajes femeninos. Más protagonistas que no estén dentro de historias de amor romántico.

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