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La columna de Valentín Tomé. Res publica. Tiempo y coronavirus

Uno de los conceptos que más debate ha suscitado entre los físicos y filósofos de la ciencia de todos los tiempos es el concepto de Tiempo.
 
Parece imposible que de un concepto del que todos tenemos aparentemente una intuición preclara sobre su significado (así percibimos de manera natural el devenir de las cosas y tenemos un sentido interno e innato sobre el paso del tiempo), pueda haber sido cuestionada su propia existencia por una gran cantidad de pensadores. Entre ellos, una de las grandes mentes del siglo XX, Albert Einstein, que llegó a calificarlo como una mera ilusión fruto de la mente humana
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Las razones que llevaron a Einstein (y a otros físicos) a esta convicción son fundamentalmente dos. Por un lado, para el genial físico el Universo es determinista, es decir dadas las condiciones iniciales del mismo, todos los eventos sucesivos están indisolublemente ligados por una cadena de causa-efecto, por lo tanto, todo está ya determinado. Es evidente que si en realidad la Naturaleza funcionara de esta manera, sin lugar para el azar, carece de sentido hablar del Tiempo como una variable capaz de "imprimir" novedad al curso de las cosas. La otra razón es que todas las leyes de la Física conocidas en su época eran independientes del Tiempo; es decir, si, por ejemplo, filmáramos los movimientos de las bolas sobre una mesa de billar y rebobinásemos la escena nos resultaría imposible distinguir el presente del pasado; ambos sentidos del tiempo serían físicamente posibles. El Tiempo sería tan solo una ilusión.
Sin embargo, desde mediados del siglo XX gracias al desarrollo de la física cuántica sí se tiene la certeza de que existen fenómenos físicos puramente contingentes donde reina el azar, algo que Einstein siempre se resistió a creer (de ahí su famosa sentencia "Dios no juega a los dados"). Esta contingencia, junto con otro concepto del que hablamos en una anterior ocasión, la entropía (la tendencia natural de todo sistema aislado al desorden), parece devolver al tiempo al reino de la existencia, alejándolo de la mera ilusión. Digo parece, pues el debate continúa abierto, aún existen físicos hoy en día, una minoría, que se niegan a aceptar la existencia del Tiempo.
A pesar de ello, la humanidad, ajena a estos debates intelectuales aparentemente estériles, siempre ha sentido un respecto profundo por el Tiempo y su devenir, hasta tal punto que en la Grecia clásica se desarrolló una mitología cargada de significado sobre los efectos devastadores que el reinado de Cronos supondría para la civilización.
En el comienzo de los tiempos, Gea, la Tierra, y Urano, el Cielo, no cesaban de copular. Urano se negaba a separarse de Gea, de tal modo que entre los dos no quedaba ni un solo hueco. Así pues, no había ningún espacio en el que pudieran instalarse las plantas, los animales, los hombres... En definitiva, el mundo mismo era imposible, porque el cuerpo de Urano lo cubría todo.
Mientras tanto, el vientre de Gea no paraba de concebir hijos, hijos y más hijos. Pero ninguno de ellos podía nacer, ya que el pene de Urano bloqueaba su parto. Así fue hasta que uno de estos hijos, Cronos, el Tiempo, encontró la solución. Tomó una hoz y, de un sólo tajo, cortó el pene de su padre desde el interior del útero de Gea. Se convirtió así Urano en el Cielo, dejando entre él y la Tierra un gran espacio abierto, al cual salieron de inmediato todas las criaturas concebidas en el vientre de Gea.
comentario 17 de agosto
Cronos tiró el pene de su padre al océano y del semen de Urano, al contacto con las aguas, nació Afrodita, la diosa del amor. Y así fue como se originó el Mundo. El Cielo quedó arriba, la Tierra abajo, rodeada del Mar. En medio de todo ello, se abría un espacio suficientemente amplio para todas las criaturas que conocemos.
Pero el Mundo tenía aún un problema que convertía en imposible la vida de los hombres. Cronos, el Tiempo, destruía inmediatamente todo cuanto pretendía instalarse en ese espacio. El Tiempo lo devoraba todo, nada podía echar raíces y permanecer. Una profecía le había avisado de que uno de sus hijos lo destronaría. Así pues, Cronos devoraba a sus hijos, del mismo modo que cada año, cada día, cada minuto, cada instante, se consume en el crisol inmisericorde del Tiempo.
Rea, su mujer, ideó entonces una treta. Parió un hijo y lo escondió. En su lugar, le dio a Cronos una piedra envuelta en un pañal y éste se la tragó sin notar la diferencia. Rea llevó a su hijo Zeus -que así se llamaba- a una cueva escondida, donde fue criado por los Titanes. Al hacerse mayor, Zeus regresó con el ejército de los Titanes y venció a Cronos, su padre. A partir de entonces, el Tiempo dejó de reinar. El Tiempo seguía pasando, pero ya no reinaba.
En este bellísimo mito se nos ilustra sobre la necesidad que tiene la humanidad de protegerse frente al paso del Tiempo. Allí, donde reina el Tiempo, reina el Caos. No hay lugar para la buena Vida, para el ocio y el desarrollo de la Razón.
Hoy en día mucha gente afirma que no tiene Tiempo para nada; que le gustaría tener más Tiempo para poder estar con sus hijos, con sus amigos, para leer, o simplemente para perderlo despreocupadamente o aburrirse. A pesar de haber alcanzado un desarrollo tecnológico sin igual, la humanidad aún no tiene tiempo para echarse a descansar, las jornadas laborales son maratonianas (los autónomos ni siquiera saben cuándo empiezan o terminan), y aquel que no dispone de trabajo vive bajo una angustia permanente sobre su futuro y haciendo todo lo posible por cambiar su suerte. Es evidente que en algún momento de la Historia Cronos le ganó la batalla a Zeus y desde entonces ha vuelto a reinar.
Sin embargo, por un breve instante, la humanidad, aunque fuese a su pesar, consiguió que Cronos perdiese su cetro. Me refiero al tiempo que todos nosotros estuvimos confinados en nuestras viviendas por culpa de la declaración del Estado de Alarma. A pesar de toda la ansiedad asociada a tanto dolor y muerte ocasionada por el coronavirus, muchas personas "redescubrieron" a sus parejas, a sus hijos, a sus seres convivientes. Dispusieron de Tiempo para realizar aquellas tareas que siempre le habían proporcionado placer, para aceptar nuevos retos, para cultivarse, para ser conscientes de la fragilidad de la Vida y la necesidad de vivirla en plenitud, para valorar lo importante frente a lo superfluo, para crear redes de apoyo mutuo, para cuestionarse el mundo en el que habían vivido hasta entonces, para potenciar lo colectivo frente al individualismo egoísta... En definitiva, aunque solo fuera durante un breve instante y bajo un contexto cargado de angustia, vislumbraron, gracias a ese estado de excepción donde Cronos se vio obligado a retirarse, el reino de la Libertad.

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