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La columna de Valentín Tomé. Res publica. El autoengaño del nacionalismo

El concepto de autoengaño suena terriblemente paradójico, ¿puede una persona realmente engañarse a sí misma? Parece realmente un imposible metafísico que nos remite a la paradoja del barbero enunciada en una anterior columna

Sin embargo, el biólogo evolutivo estadounidense Robert Trivers intentó sortear todas estas dificultadas y desarrollar toda una teoría evolutiva sobre este concepto. Según él, el autoengaño juega como una sofisticación del engaño, ya que ocultar la mentira a uno mismo puede llegar a hacerla mucho más invisible al resto

NACIONALISMO EUROPEO

Es un mecanismo que ha sobrevivido a la evolución como siervo del engaño y la mentira, para impedir su descubrimiento. Una adaptación dirigida a incorporar nuestras mentiras y hacerlas de alguna manera inconscientes o poco visibles para aparentar a veces ser fiables, ya que como Trivers pronuncia en muchos de sus textos: todo engaño se encuentra destinado a la autopromoción. Cuando la verdad queda relegada al inconsciente y la mentira a la consciencia, el coste cognitivo disminuye a grandes rasgos, ya que la mentira se convierte en creíble tanto para el protagonista como para el resto de los interlocutores. Estaríamos hablando aquí entonces de la posibilidad de extender el autoengaño a la comunidad, es decir de generar un autoengaño colectivo.

Como acabamos de ver, no se trataría de asegurar la existencia de un sujeto capaz de engañarse a sí mismo de una manera pura sino más bien de que siendo consciente de la mentira, esta ocupe una parte mínima de su estado mental y predomine en él la capacidad de hacer suyo el engaño. Basta con mirar a nuestro alrededor para observar que las automentiras o autoengaños son algo común en nuestros días. Los seres humanos tenemos un gran número de maneras de cómo engañarnos a nosotros mismos, afectando a casi todos los órdenes de nuestras vidas.

De manera similar, uno de los conceptos más difíciles de definir en el campo de las Ciencias Políticas es el de Nación. Al fin y al cabo como todos los historiadores serios saben se trata de un invento moderno. En su libro Breve historia cultural de los nacionalismos europeos, el filólogo y profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas Javier López Facal, explica como “la mayoría de los símbolos, ritos y tradiciones que hoy tienden a creerse inmortales se crearon, en realidad, entre 1870 y 1914”. En ese periodo concreto, de la mano del romanticismo, políticos, artistas, historiadores, clérigos y filósofos, construyeron las modernas naciones europeas, y lo hicieron siguiendo un modelo similar, imitado por una nación detrás de otra.

En realidad, no hace falta llegar a ser historiador, antropólogo o filólogo para alcanzar tal conclusión. Si definimos Nación, siguiendo la RAE, como “un conjunto de personas de un mismo origen étnico que comparten vínculos históricos, culturales, religiosos, etc., tienen conciencia de pertenecer a un mismo pueblo o comunidad, y generalmente hablan el mismo idioma y comparten un territorio”; en seguida advertimos en ella varias problemáticas. Sin duda, la más difícil de salvar es la del esencialismo. ¿Cómo garantizar la existencia de unos valores comunes (étnicos, culturales…) en un territorio más o menos definido a lo largo de un espacio de tiempo considerable?. Al fin y al cabo, la historia de la humanidad en sociedades que por sus condiciones geográficas no han vivido aisladas es la historia de las migraciones y de los intercambios culturales. Nada se ha podido conservar puro a lo largo del tiempo pues todo es fruto de un estado mezcla de aportaciones de diferentes orígenes. La propia evolución de la cultura humana, el gran cerebro social, sólo ha sido posible a través de la ruptura de los esencialismos, lo que ha provocado su enriquecimiento actual. De hecho, si vamos un poco más lejos, la invención del sexo en la Naturaleza adquiere la misma funcionalidad, la de enriquecer el acervo genético de la especie para hacerlo más adaptivo a unas condiciones ambientales siempre cambiantes.

Entonces, ¿cómo puede llegar un grupo de individuos a lo largo de un tiempo relativamente largo “tener conciencia de pertenecer a un mismo pueblo o comunidad”? Es aquí cuando intervienen todo ese ejército de historiadores, poetas, filósofos para intentar dar forma a ese gran autoengaño colectivo. Como el dibujante El Roto expresó en una viñeta al estilo del Tío Sam de los carteles de propaganda bélica, quién apuntando con el dedo, decía: «Historiador, tu patria te necesita».

Excedería, por mucho, exponer en esta humilde columna cuales fueron los mecanismos utilizados por estos intelectuales patriotas dominados por el autoengaño. El lector interesado puede hallarlos en el libro anteriormente citado del profesor López Facal o en muchos otros como Naciones y nacionalismo desde 1780 del gran historiador marxista Eric J. Hobsbawn. (En este último libro se cuestiona incluso la uniformidad de la lengua como factor inequívoco para determinar que nos encontramos ante una nación. Durante siglos en ningún lugar de Europa existió algo parecido a una lengua oficial. El latín cumplía la función del inglés, era la lengua académica y culta, y el francés, más adelante, se convirtió en el idioma por antonomasia de las cortes. Por lo demás la diversidad lingüística era abrumadora. Según Eric Hobsbawm, en 1789 el 50% de los franceses no hablaba nada de francés y, correctamente, sólo lo hacía un 12 o 13%. La situación española era parecida, se calcula que en 1860 en torno al 50% de los 16 millones de habitantes no eran castellanoparlantes. No existía la tan cacareada “lengua común”, la escolarización de la población en la lengua nacional fue una decisión política).

Todo lo aquí expuesto es perfectamente válido para cualquier tipo de Nación disponga ésta o no de Estado; pero como parece evidente que los seres humanos tenemos que autorganizarnos en un espacio y tiempo definido de alguna forma es preferible optar por alguna manera que esquive el autoengaño de los nacionalismos. Así, en mi opinión, la única nación defendible normativamente, desde una sensibilidad emancipatoria que huya de los esencialismos, es la de los ciudadanos libres e iguales, la que arranca de las revoluciones democráticas. Esa nación republicana por definición, permite realizar un ideal de justicia, aunque sea limitado territorialmente. Por supuesto que en ella pueden existir individuos con distintas biografías, con distintas características, algunas de las cuales pueden dar pie a algo parecido a pautas de comportamientos compartidos y relevantes desde el punto de vista de formas de vida comunes. Pero las instituciones políticas no tienen que mantener otra identidad cultural que la de los principios cívicos que aseguren la capacidad de cada cual de elegir su propia vida teniendo siempre como horizonte la Triada revolucionaria de Libertad, Igualdad y Fraternidad. En definitiva, una unidad política que dentro de sus limitaciones espacio-temporales sea lo más cosmopolita posible.

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