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La columna de Valentín Tomé. Res publica. Trump is my president

Ha habido muchas mujeres que, a pesar de realizar grandes contribuciones a la ciencia, han gozado de escaso reconocimiento por parte de sus colegas. Una de ellas es Lynn Margulis (1938-2011), la brillante bióloga que descubrió la endosimbiosis

Esta teoría describe el origen de las células eucariotas como consecuencia de sucesivas incorporaciones simbiogenéticas de diferentes células procariotas

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Cuando en 1967 se publicó en el artículo “El Origen de la Mitosis en las Células” en Journal of Theoretical Biology, tras haber sido rechazado anteriormente en quince revistas, chocó con varios puntos del paradigma neodarwiniano, ya que mientras la mayoría de los biólogos enfatizaban el papel de la competición en el proceso evolutivo, ella acentuaba la cooperación, superando la arraigada creencia de que sólo sobrevive la más fuerte. De ahí su famosa frase: “La vida es una unión simbiótica y cooperativa que permite triunfar a los que se asocian”. Hoy en día es uno de los documentos más importantes de la biología moderna, ya que supuso un giro fundamental en la comprensión de la evolución de las especies. 

Su teoría ha sido confirmada por múltiples experimentos llegando a convertirse en uno de los paradigmas dominantes en el campo de las ciencias naturales, de tal manera que esta visión, la de la vida como un proceso formado por diferentes partes que a través de sus múltiples interacciones generan relaciones simbióticas, se ha extendido a múltiples campos que van desde la neurociencia (el cerebro se comprende mejor si es visto como un conjunto de diferentes “módulos” con diferentes “habilidades” que se asocian entre ellos compartiendo información y dando así lugar a la conciencia), la ecología (así la atmósfera y la parte superficial del planeta Tierra se comportan como un sistema donde la vida, su componente característico, se encarga de autorregular sus condiciones esenciales tales como la temperatura, composición química y salinidad en el caso de los océanos) o la sociología. En esta última disciplina, asociada tradicionalmente al campo de las mal llamadas ciencias “blandas”, se han producido notables progresos a partir de múltiples estudios que han dejado de ver las sociedades como una mera asociación de individuos para pasar a estudiarlas como un fenómeno emergente que tiene muchas partes y muchos arreglos posibles que surgen de las relaciones entre ellas (de manera análoga a como de la asociación de células procariotas surge algo de mayor complejidad como es la célula eucariota).

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Sin embargo, en el seno de cualquier sociedad moderna encontramos siempre una tensión irresoluble entre las partes (los individuos) y el todo (la sociedad), de tal manera que siempre nos encontraremos con personas más individualistas que otras, llegando al extremo de toparnos con elementos que afirman haber logrado “hacerse a sí mismos” sin que la sociedad haya jugado papel alguno en la formación de su persona.

Esta hipótesis, la del individualismo extremo, es fácilmente falsable, y totalmente anticientífica. En una explicación de bajo nivel, podríamos decir que los genes de un individuo sólo se “expresan” cuando están en interacción con un determinado ambiente; pero si no queremos ponernos excesivamente técnicos, basta que recurramos al ejemplo de los llamados niños ferales, o niños salvajes, es decir aquellos que han vivido fuera de la sociedad durante un largo período de su infancia. La comunidad científica dispone ya de documentación suficiente para certificar, como por otra parte era de esperar, que todos estos dramáticos casos presentan alteraciones muy graves tanto en su desarrollo físico como cognitivo, muchas de ellas irreversibles (dependiendo de la edad a la que se produzca el “encuentro” con la sociedad humana), como por ejemplo, algo tan natural como la adquisición de lenguaje. Es decir, sin entrar en los detalles de cada caso (al lector interesado le recomiendo el visionado basado en un caso real del clásico cinematográfico deFrançois Truffaut “El niño salvaje”), podemos afirmar con rotundidad que fuera de la sociedad ningún humano desarrolla las habilidades que lo caracterizan como especie.

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A pesar de todo lo anterior, a partir sobre todo del siglo XVIII el liberalismo, con su fuerte acento sobre el poder del individuo frente a la sociedad, se impuso como teoría dominante en el campo de la sociología. Así en consecuencia, los liberales individualistas, y sus herederos ideológicos, los neoliberales de hoy, promueven el ejercicio de los objetivos y los deseos propios, y en tanto la independencia y la autosuficiencia, mientras se oponen a la mayoría de las intervenciones externas sobre las opciones personales, sean estas sociales, estatales, o de cualquier otro tipo de institución. Por supuesto, en consonancia con su pasado histórico, uno de los países del mundo donde mayor predicamento han alcanzado estas tesis carentes de soporte científico es en Estados Unidos, donde desde sus orígenes, existe una gran desconfianza ciudadana hacia la clase política, el Estado y sus instituciones.

En otros artículos ya hemos señalado y demostrado que esto no es más que mera retórica: a la hora de la verdad, cuando se trata de defender los intereses de las élites, el Estado (neo)liberal interviene salvajemente sobre la realidad económica para imponer su ley, en una suerte de plutocracia, sobre la sociedad. Aún así, a pesar de esta contradicción, a nivel micro, y sobre todo con el triunfo del neoliberalismo como ideología dominante desde la era Reagan, el ciudadano medio estadounidense ha absorbido los postulados del individualismo extremo, del que “el sueño americano” es su producto mejor elaborado, y muestra una desconfianza ciega hacia las instituciones democráticas, las cuales son vistas, en el mejor de los casos, como confiscatorias del esfuerzo de su trabajo a través del pago de impuestos para que una clase parasitaria, los políticos, pueda vivir cómodamente a su costa.

A raíz del esperpento vivido este día de Reyes en el Capitolio, diferentes analistas han apuntado diversas causas para intentar explicar el acontecimiento. La mayoría de ellas tienen como vértice principal a Trump y su retórica populista y protofascista; sin embargo, en mi humilde opinión, resulta difícil creer que un presidente, en tan solo una legislatura, haya logrado, en un hecho insólito en toda la historia del país, empujar a algunos de sus seguidores, muchos de ellos armados, a asaltar el núcleo central del sistema democrático de Estados Unidos en uno de sus rituales más sagrados: la ratificación de la voluntad del pueblo norteamericano, sin que por debajo de ello exista un sustrato sólido capaz de convencerlos de realizar un acto que sólo puede ser calificado de sedición, y que en EEUU está penado con hasta 20 años de cárcel.

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¿Por qué razón, entre banderas confederadas y supremacistas, y disfrazados como personajes de una tragicomedia distópica de serie B (para los anales de la iconografía posmoderna quedará el hombre vestido de Batman aparecido entre el humo en los exteriores del Capitolio, una especie de Braveheart vikingo con el pecho descubierto lleno de tatuajes, gorro de pelo y cuernos y la cara pintada con los colores de la bandera estadounidense recorriendo los pasillos del Congreso, u otro individuo, vestido con un gorro de esquí con el nombre de Trump, sonriendo de oreja a oreja mientras se lleva un atril del Senado como si acabase de comprar una ganga en unos grandes almacenes el día de Black Friday), una horda descontrolada iba a guardar algún respeto a esas instituciones de las que siempre le habían dicho que había que desconfiar? ¿Por qué como hombres hechos a sí mismos iban a tener que someterse a la voluntad de una sociedad de la que ellos no se sienten parte? ¿No son acaso sus anhelos, sus deseos, sus voluntades… valores sagrados que nadie tiene derecho a violar? ¿No prima acaso la satisfacción personal sobre la colectividad? ¿Qué importancia pueden tener para sus vidas privadas los meta problemas y realidades nacionales?...

Nada, a mi parecer, ejemplifica mejor ese individualismo extremo, que fue el verdadero motor del acontecimiento sedicioso, que la bandera portada por algunos ejemplares de aquella fauna humana. En ella se podía leer: Trump is my president. Es decir, es el mío, no el de todos, ni siquiera el nuestro.

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